David era el hermano más pequeño de su familia. Cuidaba ovejas, tocaba el arpa y cantaba a Dios en las colinas tranquilas.
Un día, David llevó pan a sus hermanos, que eran soldados. Allí vio a Goliat —un gigante tan alto que su sombra cruzaba todo el valle. Todos tenían miedo.
«Yo iré», dijo David. No se puso una armadura pesada. Tomó su honda y cinco piedras lisas del arroyo.
Goliat se rio del pequeño pastor. Pero David respondió: «Tú vienes con espada. Yo vengo en el nombre del Señor». Hizo girar su honda, y el gigante cayó.
David no era valiente porque fuera grande. Era valiente porque sabía que Dios estaba con él —y Dios también está con nosotros.